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Cajas de
cartón
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Era a fines de
agosto. Ito, el aparcero, ya no sonreía. Era natural. La cosecha de
fresas terminaba, y los trabajadores, casi todos braceros, no recogían
tantas cajas de fresas como en los meses de junio y julio. Cada día el
número de braceros disminuía. El domingo sólo uno - el mejor pizcador -
vino a trabajar. A mí me caía bien. A veces hablábamos durante nuestra
media hora de almuerzo. Así fue como supe que era de Jalisco, de mi
tierra natal. Ese domingo fue la última vez que lo vi.
Cuando el sol se escondía detrás de las montañas, Ito nos señaló que era
hora de ir a casa. «Ya hes horra», gritó en su español mocho. Ésas eran
las palabras que yo ansiosamente esperaba doce horas al día, todos los
días, siete días a la semana, semana tras semana, y el pensar que no las
volvería a oír me entristeció.
Por el camino rumbo a casa, Papá no dijo una palabra. Con las dos manos
en el volante miraba fijamente el camino. Roberto, mi hermano mayor,
también estaba callado. Echó para atrás la cabeza y cerró los ojos. El
polvo que entraba de fuera lo hacía toser repetidamente.
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Era a fines de agosto. Al abrir la puerta de nuestra
chocita me detuve. Vi que todo lo que nos pertenecía estaba empacado en
cajas de cartón. De repente sentí aún más el peso de las horas, los
días, las semanas, los meses de trabajo. Me senté sobre una caja, y se
me llenaron los ojos de lágrimas al pensar que teníamos que mudarnos a
Fresno.
Esa noche no pude dormir, y un poco antes de las cinco de la madrugada
Papá, que a la cuenta tampoco había pegado los ojos toda la noche, nos
levantó. A los pocos minutos los gritos alegres de mis hermanitos, para
quienes la mudanza era una aventura, rompieron el silencio del amanecer.
Los ladridos de los perros pronto los acompañaron.
Mientras empacábamos los trastes del desayuno, Papá salió para encender
la «Carcachita». Ése era el nombre que Papá le puso a su viejo Plymouth,
negro. Lo compró en una agencia de carros usados en Santa Rosa. Papá
estaba muy orgulloso de su carro. «Mi Carcachita» lo llamaba
cariñosamente. Tenía derecho a sentirse así. Antes de comprarlo, pasó
mucho tiempo mirando a otros carros. Cuando al fin escogió la
«Carcachita», la examinó palmo a palmo. Escuchó el motor, inclinando la
cabeza de lado a lado como un perico, tratando de detectar cualquier
ruido que pudiera indicar problemas mecánicos. Después de satisfacerse
con la apariencia y los sonidos del carro, Papá insistió en saber quién
había sido el dueño. Nunca lo supo, pero compró el carro de todas
maneras. Papá pensó que el dueño debió haber sido alguien importante
porque en el asiento de atrás encontró una corbata azul.
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Papá estacionó el carro enfrente a la choza y dejó andando
el motor. «Listo», gritó. Sin decir la palabra, Roberto y yo comenzamos
a acarrear las cajas de cartón al carro. Roberto cargó las dos más
grandes y yo las más chicas. Papá luego cargó el colchón ancho sobre la
capota del carro y lo amarró a los parachoques con sogas para que no se
volara con el viento en el camino.
Todo estaba empacado menos la olla de Mamá. Era una olla vieja y
galvanizada que había comprado en una tienda de segunda en Santa María.
La olla estaba llena de abolladuras y mellas, y mientras más abollada
estaba, más le gustaba a Mamá. «Mi olla» la llamaba orgullosamente.
Sujeté abierta la puerta de la chocita mientras Mamá sacó cuidadosamente
su olla, agarrándola por las dos asas para no derramar los frijoles
cocidos. Cuando llegó al carro, Papá tendió las manos para ayudarle con
ella. Roberto abrió la puerta posterior del carro y Papá puso la olla
con mucho cuidado en el piso detrás del asiento. Todos subimos a la
«Carcachita». Papá suspiró, se limpió el sudor de la frente con las
mangas de la camisa, y dijo con cansancio: «es todo».
Mientras nos alejábamos, se me hizo un nudo en la garganta. Me volví y
miré a nuestra chocita por última vez.
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Al ponerse el sol llegamos a un campo de trabajo cerca de
Fresno. Ya que Papá no hablaba inglés, Mamá le preguntó al capataz si
necesitaba más trabajadores. «No, no necesitamos a nadie», dijo él,
rascándose la cabeza, «pregúntele a Sullivan. Mire, siga este camino
hasta que llegue a una casa grande y blanca con una cerca alrededor.
Allí vive él».
Cuando llegamos allí, Mamá se dirigió a la casa. Cruzó la cerca, pasando
entre filas de rosales hasta llegar a la puerta. Tocó el timbre. Luces
del portal se encendieron y un hombre alto y fornido salió. Hablaron
brevemente. Cuando él entró en la casa, Mamá se apresuró hacia el carro.
«¡Tenemos trabajo! El señor nos permitió quedarnos allí toda la
temporada», dijo un poco sofocada de gusto y apuntando hacia un garaje
viejo que estaba cerca de los establos.
El garaje estaba gastado por los años. Roídas por comejenes, las paredes
apenas sostenían el techo agujereado. No tenía ventanas y el piso de
tierra suelta ensabanaba todo en polvo.
Esa noche, a la luz de una lámpara de petróleo, desempacamos las cosas y
empezamos a preparar la habitación para vivir. Roberto, enérgicamente se
puso a barrer el suelo; Papá llenó los agujeros de las paredes con
periódicos viejos y hojas de lata. Mamá les dio a comer a mis
hermanitos. Papá y Roberto entonces trajeron el colchón y lo pusieron en
una de las esquinas del garaje. «Viejita», dijo Papá, dirigiéndose a
Mamá, «tú y los niños duerman en el colchón, Roberto, Panchito, y yo
dormiremos bajo los árboles».
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Muy tempranito por la mañana al día siguiente, el señor
Sullivan nos enseñó donde estaba su cosecha y, después del desayuno,
Papá, Roberto y yo nos fuimos a la viña a pizcar.
A eso de las nueve, la temperatura había subido hasta cerca de cien
grados. Yo estaba empapado de sudor y mi boca estaba tan seca que
parecía como si hubiera estado masticando un pañuelo. Fui al final del
surco, cogí la jarra de agua que habíamos llevado y comencé a beber. «No
tomes mucho; te vas a enfermar», me gritó Roberto. No había acabado de
advertirme cuando sentí un gran dolor de estómago. Me caí de rodillas y
la jarra se me deslizó de las manos.
Solamente podía oír el zumbido de los insectos. Poco a poco me empecé a
recuperar. Me eché agua en la cara y en el cuello y miré el lodo negro
correr por los brazos y caer a la tierra que parecía hervir.
Todavía me sentía mareado a la hora del almuerzo. Eran las dos de la
tarde y nos sentamos bajo un árbol grande de nueces que estaba al lado
del camino. Papá apuntó el número de cajas que habíamos pizcado. Roberto
trazaba diseños en la tierra con un palito. De pronto vi a palidecer a
Papá que miraba hacia el camino. «Allá viene el camión de la escuela»,
susurró alarmado. Instintivamente, Roberto y yo corrimos a escondernos
entre las viñas. El camión amarillo se paró frente a la casa del señor
Sullivan. Dos niños muy limpiecitos y bien vestidos se apearon. Llevaban
libros bajo sus brazos. Cruzaron la calle y el camión se alejó. Roberto
y yo salimos de nuestro escondite y regresamos adonde estaba Papá.
«Tienen que tener cuidado», nos advirtió.
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Después del almuerzo volvimos a trabajar. El calor oliente
y pesado, el zumbido de los insectos, el sudor y el polvo hicieron que
la tarde pareciera una eternidad. Al fin las montañas que rodeaban el
valle se tragaron el sol. Una hora después estaba demasiado oscuro para
seguir trabajando. Las parras tapaban las uvas y era muy difícil ver los
racimos. «Vámonos», dijo Papá señalándonos que era hora de irnos.
Entonces tomó un lápiz y comenzó a calcular cuánto habíamos ganado ese
primer día. Apuntó números, borró algunos, escribió más. Alzó la cabeza
sin decir nada. Sus tristes ojos sumidos estaban humedecidos.
Cuando regresamos del trabajo, nos bañamos afuera con el agua fría bajo
una manguera. Luego nos sentamos a la mesa hecha de cajones de madera y
comimos con hambre la sopa de fideos, las papas y tortillas de harina
blanca recién hechas. Después de cenar nos acostamos a dormir, listos
para empezar a trabajar a la salida del sol.
Al día siguiente, cuando me desperté, me sentía magullado, me dolía todo
el cuerpo. Apenas podía mover los brazos y las piernas. Todas las
mañanas cuando me levantaba me pasaba lo mismo hasta que mis músculos se
acostumbraron a ese trabajo.
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Era lunes, la primera semana de noviembre. La temporada de
uvas había terminado y yo podía ir a la escuela. Me desperté temprano
esa mañana y me quedé acostado mirando las estrellas y saboreando el
pensamiento de no ir a trabajar y de empezar el sexto grado por primera
vez ese año. Como no podía dormir, decidí levantarme y desayunar con
Papá y Roberto. Me senté cabizbajo frente a mi hermano. No quería
mirarlo porque sabía que estaba triste. Él no asistiría a la escuela
hoy, ni mañana, ni la próxima semana. No iría hasta que se acabara la
temporada de algodón, y eso sería en febrero. Me froté las manos y miré
la piel seca y manchada de ácido enrollarse y caer al suelo.
Cuando Papá y Roberto se fueron a trabajar, sentí un gran alivio. Fui a
la cima de una pendiente cerca de la choza y contemplé la «Carcachita»
en su camino hasta que desapareció en una nube de polvo.
Dos horas más tarde, a eso de las ocho, esperaba el camión de la
escuela. Por fin llegó. Subí y me senté en un asiento desocupado. Todos
los niños se entretenían hablando o gritando.
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Estaba nerviosísimo cuando el camión se paró delante de la
escuela. Miré por la ventana y vi una muchedumbre de niños. Algunos
llevaban libros, otros juguetes. Me bajé del camión, metí las manos en
los bolsillos, y fui a la oficina del director. Cuando entré oí la voz
de una mujer diciéndome: «May I help you?» Me sobresalté. Nadie me había
hablado en inglés desde hacía meses. Por varios segundos me quedé sin
poder contestar. Al fin, después de mucho esfuerzo, conseguí decirle en
inglés que me quería matricular en el sexto grado. La señora entonces me
hizo una serie de preguntas que me parecieron impertinentes. Luego me
llevó a la sala de clase.
El señor Lema, el maestro de sexto grado, me saludó cordialmente, me
asignó un pupitre, y me presentó a la clase. Estaba tan nervioso y
asustado en ese momento cuando todos me miraban que deseé estar con Papá
y Roberto pizcando algodón. Después de pasar lista, el señor Lema le dio
a la clase la asignatura de la primera hora. «Lo primero que haremos
esta mañana es terminar de leer el cuento que comenzamos ayer», dijo con
entusiasmo. Se acercó a mí, me dio su libro y me pidió que leyera.
«Estamos en la página 125», me dijo. Cuando lo oí, sentí que toda la
sangre me subía a la cabeza, me sentí mareado. «¿Quisieras leer?», me
preguntó en un tono indeciso. Abrí el libro a la página 125. Sentí a la
boca seca. Los ojos se me comenzaron a aguar. El señor Lema entonces le
pidió a otro niño que leyera.
Durante el resto de la hora me empecé a enojar más y más conmigo mismo.
Debí haber leído, pensaba yo.
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Durante el recreo me llevé el libro al baño y lo abrí a la
página 125. Empecé a leer en voz baja, pretendiendo que estaba en clase.
Había muchas palabras que no sabía. Cerré el libro y volví a la sala de
clase.
El señor Lema estaba sentado en su escritorio. Cuando entré me miró
sonriendo. Me sentí mucho mejor. Me acerqué a él y le pregunté si me
podía ayudar con las palabras desconocidas. «Con mucho gusto», me
contestó.
El resto del mes pasé mis horas de almuerzo estudiando ese inglés con la
ayuda del buen señor Lema.
Un viernes durante la hora del almuerzo, el señor Lema me invitó a que
lo acompañara a la sala de música. «¿Te gusta la música?», me preguntó.
«Sí, muchísimo», le contesté entusiasmado, «me gustan los corridos
mexicanos». Él entonces cogió una trompeta, la tocó y me la pasó. El
sonido me hizo estremecer. Era un sonido de corridos que me encantaba.
«¿Te gustaría aprender a tocar este instrumento?», me preguntó. Debió
haber comprendido la expresión en mi cara porque antes que yo
respondiera, añadió: «Te voy a enseñar a tocar esta trompeta durante las
horas del almuerzo».
Ese día casi no podía esperar el momento de llegar a casa y contarles
las nuevas a mi familia. Al bajar del camión me encontré con mis
hermanitos que gritaban y brincaban de alegría. Pensé que era porque yo
había llegado, pero al abrir la puerta de la chocita, vi que todo estaba
empacado en cajas de cartón...
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